ENTREVISTA A CRISTOFER VARGAS CAYUL, AUTOR DE “ILUMINACIÓN ARTIFICIAL”

Actualizado: abr 8


Becado de la Fundación Neruda y ganador de los Juegos Literarios Gabriela Mistral, Cristofer Vargas Cayul debuta en la narrativa con la novela Iluminación artificial, una historia que reúne a una familia no tradicional en su llegada a un campamento, espacio poco explorado por la literatura reciente. Allí, el narrador, junto a su abuela y su pequeño hermano pasan sus días entre las casas a medio construir, las calles de tierra y la presencia intermitente de luz. Novela que destaca por su construcción atmosférica, donde proliferan simbologías y contrastes, y una voz preadolescente que cuenta la historia con lucidez y precisión.


Le enviamos a Cristofer un par de preguntas sobre la pandemia, del proceso de escritura de la novela y su participación en la caja cultural Pasaporte Literario.



Llevamos más de un año de pandemia, de medidas sanitarias-represivas y ahora un proceso de vacunación que promete una pequeña luz. ¿Cómo te has sentido durante este último año?


El año pasado fue agotador, tanto por la sobreinformación que genera estar demasiado tiempo presente en redes sociales, como por la modalidad de clases online y teletrabajo. Es extraño estar tanto tiempo frente a una pantalla, hablarle, esperar una respuesta, el hecho de estar presente sin estarlo. Todo muy disociativo e incierto. Por lo mismo, no es extraño que la gente esté ansiosa y depresiva; “enferma de los nervios” como diría cualquier vecino mío.

A la incertidumbre del panorama, se suman las payasadas del gobierno. Llama la atención la forma en que parecen no conocer la vergüenza. Sin embargo, fuera de todo lo inverosímil y risibles que pueden ser las medidas y dichos que hemos venido sufriendo desde antes del 18 de octubre de 2019, siento que tal desfachatez afecta aún más a las personas. Claro, al principio es gracioso, porque nadie sabe cómo reaccionar frente al manejo negligente de la pandemia, con medidas que benefician claramente a un sector económico reconocible, pero después de un rato, uno se queda pensando, preguntándose si hablarán en serio o no, si pensarán que somos tontos o es que simplemente no les importa. Y por ahí va la cosa al final.

Ya intuíamos que no existe consideración por la vida de las personas pobres, pero todo este tiempo ha sido una confirmación de ello. Lo mismo con los pacos y la manera en que se ha tergiversado la represión y la seguridad. Su brutalidad es desproporcionada, como si sintieran odio hacia las personas, pero un odio bestial, sin límites, apabullante y a través del cual hallan satisfacción. Es bastante repulsivo tener esa locura tan presente en la calle, su impunidad, la manera con que resguardan la simbología del poder, de nuevo, de manera confusa y absurda. Por lo mismo pienso que es peligroso quedarnos en la retórica del asombro, de la incredulidad, porque si miramos algunas décadas atrás en nuestra historia, el presente se vuelve algo muy macabro.

Iluminación artificial es tu primera novela y fue parte de la caja cultural Pasaporte Literario. ¿Cómo te sientes al participar en un proyecto con ese alcance de lectores? ¿Nos podrías hablar un poco de eso?


Ha sido interesante participar en este proyecto, sobre todo por el alcance que la novela tuvo desde el principio. Gracias a la invitación de Pasaporte Literario, el libro tuvo la oportunidad de salir ya con un tiraje considerable, que para un escritor novel que publica en una editorial independiente en Chile, no es común. Esto significó tener lectores seguros desde el comienzo, lo que se ha reflejado en mensajes, comentarios, reseñas, sobre todo por Instagram, que es la red que uso. Entonces en esas pequeñas interacciones se da algo muy bonito que uno vive como lector cuando lee algo que lo conmueve. Esa conversación sobre lo que la novela genera en las personas, me interesa, porque es lo que busco más que nada en la literatura, entender los mecanismos que llevan al estremecimiento, la forma en que el lenguaje afecta físicamente al cuerpo. Me parece interesante y cómo lector siempre voy a estar dispuesto a que esas conversaciones lleguen a puerto. Personalmente, además del goce íntimo que produce la lectura solitaria, he conocido amigues con los que puedo llevar esa lectura individual a un espacio de juego, a través de los comentarios y recomendaciones de textos que nos gustan. Ese momento en que puedes entrar en sintonía con alguien que comparte el gusto por la imaginación, es lo más parecido a cuando de chico inventábamos juegos en los recreos con mis compañeros de clase. Hay algo común en esos encuentros, que me hace sentir como parte de algo. Sensación que no conocía hasta el momento en que empecé a asistir a talleres de escritura y cosas así, por lo que, los comentarios y la recepción que ha tenido el texto se agradecen.



El narrador de la novela es un preadolescente que acaba de ingresar, tardíamente, al colegio. Se debe hacer cargo de su hermano pequeño, los padres no aparecen y tampoco se les da mayor importancia. Sin embargo, su voz es muy sólida para contar y describir lo que le sucede a su familia, como si no le hubiera hecho falta una figura tutelar ni modelos para formarse. ¿Qué elementos de este narrador perfilan su madurez y agudeza para ver las cosas?


Supongo que más allá del narrador como personaje, hay una verdad que se condice con el exterior del texto y que vuelve verosímil esta situación en el libro. Me refiero a que no es tan extraño pensar en niños que trabajan, o que deben hacerse cargo de sus hermanos y familia por la precariedad de su entorno. En ese sentido, veo la madurez del personaje como una característica determinada con relación al contexto. Desde la psicología lo podríamos entender como un rasgo evolutivo o algo así, es decir, una característica que nace desde la necesidad de adaptarse a un medio y sobrevivir.

Pienso que esa postura frente a la vida se ve reflejada también en los demás personajes, por ejemplo, la abuela, que en algún momento habla sobre las cosas que pasó durante su vida, dice: “una encuentra las formas de sobrevivir”, o los personajes de Juan y Leslie, que en algún momento quedan viviendo solos y no se le da mucha importancia a esto porque, quizá para los personajes que habitan ese espacio no es algo raro.

Volviendo a lo anterior, me interesaba harto la idea de mostrar cómo los contextos moldean la conducta y el desarrollo en general de las personas, cómo los aspectos ideológicos, las lógicas de producción o la información que nos entrega la tele, permean la vida cotidiana y condiciona nuestras proyecciones a futuro y cómo en los contextos precarios, estas determinaciones truncan tanto a las personas, que, finalmente, todo se reduce a sobrevivir como sea o morir.

En este contexto, me interesaba mostrar el proceso de maduración del narrador, la manera en que pierde la inocencia y comienza a comprender cómo son las cosas. De ahí también que se juegue con el concepto de iluminación, ahora entendido desde el budismo zen, es decir, en el sentido del satori, una palabra que en japonés significa literalmente “comprensión”. Por lo mismo, el narrador es un personaje que busca constantemente respuestas a las cosas ambiguas que suceden a su alrededor. Podríamos decir que el conocimiento es su única arma y lo que le trae cierta seguridad frente a la incertidumbre. Así, se entiende que tener la capacidad de “ver más allá” puede ser un factor decisivo al momento de tener que sobrevivir. Entonces de ahí que el personaje tenga ciertas características como las que mencionas. Características que siempre están en tensión con esta idea de ingenuidad, ensoñación y remanentes de la vida como niño. Pienso que la pobreza real en Chile tiene harto que ver con eso, con buscar las maneras para sobrevivir y si no las hay, inventarlas, aunque esto tenga un precio. La novela trata harto de eso también, sumado a lo inquietante del provenir, del fin del mundo, los personajes están en constante lucha y alerta, en búsqueda de herramientas, es eso lo que curte su carácter.


Uno de los elementos más notables de Iluminación artificial es la construcción del espacio de la toma: una atmósfera enrarecida, dominada por la precariedad y el cambio. ¿Qué elementos de este espacio te interesaban rescatar? ¿Lo habías visto representado en otras obras literarias?


Una vez que decidí que la historia se desarrollaría en la toma, tomé en cuenta varios aspectos de este espacio que dialogaran con la trama. Por una parte, me interesaba lo desconocido del territorio, por lo mismo que mencionas sobre la representatividad de estos lugares en la literatura chilena. Rastreando pude encontrar algunos textos de literatura social del siglo XX, donde destacan autores como Manuel Rojas o Carlos Droguett, pero al mismo tiempo me di cuenta que el tratamiento de la precariedad, de los espacios más específicamente, eran tratados muchas veces como paisaje y no había mucha claridad en la descripción de estos. Sin mencionar que, el origen de las tomas como problemática social tiene un correlato histórico diferente al de las poblaciones callampas y la gentrificación que provocó la migración campo-ciudad. Entonces, sí, supongo que llama la atención, es desconocido y eso sumaba mucho a la atmósfera de incertidumbre que quería proponer en conjunto con el tema de la oscuridad. Pero también, y por el mismo hecho que te mencionaba antes, sobre la inexistencia de representación de estos espacios en la literatura nacional, quise que hubiese una parte luminosa, donde las cosas se mostraran aprovechando el vacío de representación y la experiencia de primera mano que tengo sobre el tema. Finalmente, busqué que esta claridad en las descripciones contrastara con el aspecto de misterio del que te hablaba antes, de la misma forma en que la luz contrasta en la oscuridad. Siguiendo esta lógica, hay varias relaciones dicotómicas dentro de la novela, la mayoría fueron decisiones formales, pero encuentro que logré fundirlas con el ánimo de los personajes y el transcurrir de la trama de forma satisfactoria, lo que me deja contento con el resultado, al menos en ese aspecto.


Otra de las cosas que sale a relucir es la fiebre por los ovnis y el fin del mundo, la paranoia de las señales y las sobreinterpretaciones. En la novela parece que cualquier cosa es indicio de un posible evento fascinante. ¿Consideras que aún queda algo de ese ánimo apocalíptico y profético en el Chile del 2020? ¿En ti?


El tema de lo sobreinterpretativo de la novela, digamos, del aspecto paranoico, tiene que ver con la suma de los elementos que apuntan al fin del mundo y la desestabilización que este hecho genera. Las personas frente a la incertidumbre siempre tendrán una necesidad de sentido, y frente a esto, es muy fácil caer en una actitud conspiranoica, sobre todo cuando son los medios informativos oficiales, quienes plantan estas semillas de información en las mentes de las personas. Al mismo tiempo, la literatura tiene una gran cuota de pensamiento paranoico y de eso se trata igual, de dudar de la superficie e interconectar las señas del texto para dar un nuevo significado o sacar de lo oscuro eso que está oculto y solo alcanzamos a intuir por el rabillo del ojo. Entonces ambas ideas o dimensiones de lo paranoico se solaparon y terminaron funcionando bien, lo que me permitió abrir el texto, haciendo uso además del registro metafórico que tienen algunos pasajes.

Respecto de los ánimos apocalípticos en la actualidad, pienso que, justamente estamos viviendo un fin de mundo. La verdad es que, para el fin de mundo del 2000, aún estaba muy chico para opinar sobre lo presente o no que fue. De hecho, recurrí a fuentes, videos, programas, etc. para escribir esa parte de la novela. Pero en 2020, en medio de una pandemia, en un país altamente represivo, donde nos matan de distintas formas, pareciera que todas esas películas distópicas sobre enfermedades infecciosas, hipervigilancia y desastres naturales, fueran hechos cotidianos. Y ese también es un punto que dentro de toda la conjunción de elementos que constituyen la novela, calzó perfecto con el Chile del 2021, donde siguen existiendo tomas, que han sido desalojadas violentamente y donde la idea de futuro que, trastocada por el confinamiento, hace parecer que estamos viviendo en un presente eterno en el cual no se vislumbra ningún cambio. Y eso, en un país como el nuestro es bastante terrorífico.




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