Actualizado: abr 8


Becado de la Fundación Neruda y ganador de los Juegos Literarios Gabriela Mistral, Cristofer Vargas Cayul debuta en la narrativa con la novela Iluminación artificial, una historia que reúne a una familia no tradicional en su llegada a un campamento, espacio poco explorado por la literatura reciente. Allí, el narrador, junto a su abuela y su pequeño hermano pasan sus días entre las casas a medio construir, las calles de tierra y la presencia intermitente de luz. Novela que destaca por su construcción atmosférica, donde proliferan simbologías y contrastes, y una voz preadolescente que cuenta la historia con lucidez y precisión.


Le enviamos a Cristofer un par de preguntas sobre la pandemia, del proceso de escritura de la novela y su participación en la caja cultural Pasaporte Literario.



Llevamos más de un año de pandemia, de medidas sanitarias-represivas y ahora un proceso de vacunación que promete una pequeña luz. ¿Cómo te has sentido durante este último año?


El año pasado fue agotador, tanto por la sobreinformación que genera estar demasiado tiempo presente en redes sociales, como por la modalidad de clases online y teletrabajo. Es extraño estar tanto tiempo frente a una pantalla, hablarle, esperar una respuesta, el hecho de estar presente sin estarlo. Todo muy disociativo e incierto. Por lo mismo, no es extraño que la gente esté ansiosa y depresiva; “enferma de los nervios” como diría cualquier vecino mío.

A la incertidumbre del panorama, se suman las payasadas del gobierno. Llama la atención la forma en que parecen no conocer la vergüenza. Sin embargo, fuera de todo lo inverosímil y risibles que pueden ser las medidas y dichos que hemos venido sufriendo desde antes del 18 de octubre de 2019, siento que tal desfachatez afecta aún más a las personas. Claro, al principio es gracioso, porque nadie sabe cómo reaccionar frente al manejo negligente de la pandemia, con medidas que benefician claramente a un sector económico reconocible, pero después de un rato, uno se queda pensando, preguntándose si hablarán en serio o no, si pensarán que somos tontos o es que simplemente no les importa. Y por ahí va la cosa al final.

Ya intuíamos que no existe consideración por la vida de las personas pobres, pero todo este tiempo ha sido una confirmación de ello. Lo mismo con los pacos y la manera en que se ha tergiversado la represión y la seguridad. Su brutalidad es desproporcionada, como si sintieran odio hacia las personas, pero un odio bestial, sin límites, apabullante y a través del cual hallan satisfacción. Es bastante repulsivo tener esa locura tan presente en la calle, su impunidad, la manera con que resguardan la simbología del poder, de nuevo, de manera confusa y absurda. Por lo mismo pienso que es peligroso quedarnos en la retórica del asombro, de la incredulidad, porque si miramos algunas décadas atrás en nuestra historia, el presente se vuelve algo muy macabro.

Iluminación artificial es tu primera novela y fue parte de la caja cultural Pasaporte Literario. ¿Cómo te sientes al participar en un proyecto con ese alcance de lectores? ¿Nos podrías hablar un poco de eso?


Ha sido interesante participar en este proyecto, sobre todo por el alcance que la novela tuvo desde el principio. Gracias a la invitación de Pasaporte Literario, el libro tuvo la oportunidad de salir ya con un tiraje considerable, que para un escritor novel que publica en una editorial independiente en Chile, no es común. Esto significó tener lectores seguros desde el comienzo, lo que se ha reflejado en mensajes, comentarios, reseñas, sobre todo por Instagram, que es la red que uso. Entonces en esas pequeñas interacciones se da algo muy bonito que uno vive como lector cuando lee algo que lo conmueve. Esa conversación sobre lo que la novela genera en las personas, me interesa, porque es lo que busco más que nada en la literatura, entender los mecanismos que llevan al estremecimiento, la forma en que el lenguaje afecta físicamente al cuerpo. Me parece interesante y cómo lector siempre voy a estar dispuesto a que esas conversaciones lleguen a puerto. Personalmente, además del goce íntimo que produce la lectura solitaria, he conocido amigues con los que puedo llevar esa lectura individual a un espacio de juego, a través de los comentarios y recomendaciones de textos que nos gustan. Ese momento en que puedes entrar en sintonía con alguien que comparte el gusto por la imaginación, es lo más parecido a cuando de chico inventábamos juegos en los recreos con mis compañeros de clase. Hay algo común en esos encuentros, que me hace sentir como parte de algo. Sensación que no conocía hasta el momento en que empecé a asistir a talleres de escritura y cosas así, por lo que, los comentarios y la recepción que ha tenido el texto se agradecen.



El narrador de la novela es un preadolescente que acaba de ingresar, tardíamente, al colegio. Se debe hacer cargo de su hermano pequeño, los padres no aparecen y tampoco se les da mayor importancia. Sin embargo, su voz es muy sólida para contar y describir lo que le sucede a su familia, como si no le hubiera hecho falta una figura tutelar ni modelos para formarse. ¿Qué elementos de este narrador perfilan su madurez y agudeza para ver las cosas?


Supongo que más allá del narrador como personaje, hay una verdad que se condice con el exterior del texto y que vuelve verosímil esta situación en el libro. Me refiero a que no es tan extraño pensar en niños que trabajan, o que deben hacerse cargo de sus hermanos y familia por la precariedad de su entorno. En ese sentido, veo la madurez del personaje como una característica determinada con relación al contexto. Desde la psicología lo podríamos entender como un rasgo evolutivo o algo así, es decir, una característica que nace desde la necesidad de adaptarse a un medio y sobrevivir.

Pienso que esa postura frente a la vida se ve reflejada también en los demás personajes, por ejemplo, la abuela, que en algún momento habla sobre las cosas que pasó durante su vida, dice: “una encuentra las formas de sobrevivir”, o los personajes de Juan y Leslie, que en algún momento quedan viviendo solos y no se le da mucha importancia a esto porque, quizá para los personajes que habitan ese espacio no es algo raro.

Volviendo a lo anterior, me interesaba harto la idea de mostrar cómo los contextos moldean la conducta y el desarrollo en general de las personas, cómo los aspectos ideológicos, las lógicas de producción o la información que nos entrega la tele, permean la vida cotidiana y condiciona nuestras proyecciones a futuro y cómo en los contextos precarios, estas determinaciones truncan tanto a las personas, que, finalmente, todo se reduce a sobrevivir como sea o morir.

En este contexto, me interesaba mostrar el proceso de maduración del narrador, la manera en que pierde la inocencia y comienza a comprender cómo son las cosas. De ahí también que se juegue con el concepto de iluminación, ahora entendido desde el budismo zen, es decir, en el sentido del satori, una palabra que en japonés significa literalmente “comprensión”. Por lo mismo, el narrador es un personaje que busca constantemente respuestas a las cosas ambiguas que suceden a su alrededor. Podríamos decir que el conocimiento es su única arma y lo que le trae cierta seguridad frente a la incertidumbre. Así, se entiende que tener la capacidad de “ver más allá” puede ser un factor decisivo al momento de tener que sobrevivir. Entonces de ahí que el personaje tenga ciertas características como las que mencionas. Características que siempre están en tensión con esta idea de ingenuidad, ensoñación y remanentes de la vida como niño. Pienso que la pobreza real en Chile tiene harto que ver con eso, con buscar las maneras para sobrevivir y si no las hay, inventarlas, aunque esto tenga un precio. La novela trata harto de eso también, sumado a lo inquietante del provenir, del fin del mundo, los personajes están en constante lucha y alerta, en búsqueda de herramientas, es eso lo que curte su carácter.


Uno de los elementos más notables de Iluminación artificial es la construcción del espacio de la toma: una atmósfera enrarecida, dominada por la precariedad y el cambio. ¿Qué elementos de este espacio te interesaban rescatar? ¿Lo habías visto representado en otras obras literarias?


Una vez que decidí que la historia se desarrollaría en la toma, tomé en cuenta varios aspectos de este espacio que dialogaran con la trama. Por una parte, me interesaba lo desconocido del territorio, por lo mismo que mencionas sobre la representatividad de estos lugares en la literatura chilena. Rastreando pude encontrar algunos textos de literatura social del siglo XX, donde destacan autores como Manuel Rojas o Carlos Droguett, pero al mismo tiempo me di cuenta que el tratamiento de la precariedad, de los espacios más específicamente, eran tratados muchas veces como paisaje y no había mucha claridad en la descripción de estos. Sin mencionar que, el origen de las tomas como problemática social tiene un correlato histórico diferente al de las poblaciones callampas y la gentrificación que provocó la migración campo-ciudad. Entonces, sí, supongo que llama la atención, es desconocido y eso sumaba mucho a la atmósfera de incertidumbre que quería proponer en conjunto con el tema de la oscuridad. Pero también, y por el mismo hecho que te mencionaba antes, sobre la inexistencia de representación de estos espacios en la literatura nacional, quise que hubiese una parte luminosa, donde las cosas se mostraran aprovechando el vacío de representación y la experiencia de primera mano que tengo sobre el tema. Finalmente, busqué que esta claridad en las descripciones contrastara con el aspecto de misterio del que te hablaba antes, de la misma forma en que la luz contrasta en la oscuridad. Siguiendo esta lógica, hay varias relaciones dicotómicas dentro de la novela, la mayoría fueron decisiones formales, pero encuentro que logré fundirlas con el ánimo de los personajes y el transcurrir de la trama de forma satisfactoria, lo que me deja contento con el resultado, al menos en ese aspecto.


Otra de las cosas que sale a relucir es la fiebre por los ovnis y el fin del mundo, la paranoia de las señales y las sobreinterpretaciones. En la novela parece que cualquier cosa es indicio de un posible evento fascinante. ¿Consideras que aún queda algo de ese ánimo apocalíptico y profético en el Chile del 2020? ¿En ti?


El tema de lo sobreinterpretativo de la novela, digamos, del aspecto paranoico, tiene que ver con la suma de los elementos que apuntan al fin del mundo y la desestabilización que este hecho genera. Las personas frente a la incertidumbre siempre tendrán una necesidad de sentido, y frente a esto, es muy fácil caer en una actitud conspiranoica, sobre todo cuando son los medios informativos oficiales, quienes plantan estas semillas de información en las mentes de las personas. Al mismo tiempo, la literatura tiene una gran cuota de pensamiento paranoico y de eso se trata igual, de dudar de la superficie e interconectar las señas del texto para dar un nuevo significado o sacar de lo oscuro eso que está oculto y solo alcanzamos a intuir por el rabillo del ojo. Entonces ambas ideas o dimensiones de lo paranoico se solaparon y terminaron funcionando bien, lo que me permitió abrir el texto, haciendo uso además del registro metafórico que tienen algunos pasajes.

Respecto de los ánimos apocalípticos en la actualidad, pienso que, justamente estamos viviendo un fin de mundo. La verdad es que, para el fin de mundo del 2000, aún estaba muy chico para opinar sobre lo presente o no que fue. De hecho, recurrí a fuentes, videos, programas, etc. para escribir esa parte de la novela. Pero en 2020, en medio de una pandemia, en un país altamente represivo, donde nos matan de distintas formas, pareciera que todas esas películas distópicas sobre enfermedades infecciosas, hipervigilancia y desastres naturales, fueran hechos cotidianos. Y ese también es un punto que dentro de toda la conjunción de elementos que constituyen la novela, calzó perfecto con el Chile del 2021, donde siguen existiendo tomas, que han sido desalojadas violentamente y donde la idea de futuro que, trastocada por el confinamiento, hace parecer que estamos viviendo en un presente eterno en el cual no se vislumbra ningún cambio. Y eso, en un país como el nuestro es bastante terrorífico.




27 vistas0 comentarios

Actualizado: ene 27


El último libro que publicó Gastón Carrasco es ¿Quién le teme a la poesía? (Laurel, 2019), una especie de manual escrito en coautoría con Felipe Cussen, Marcela Labraña, Manuela Salinas y Macarena Urzúa para iniciar o profundizar en algunos aspectos de la lectura de poemas (un acercamiento, un zoom, una caja de herramientas). Antes fueron los poemarios Monstruos marinos (Overol, 2017), El instante no es decisivo (Balmaceda Arte Joven, 2016) y Viewmaster (2011, reeditado por Ajiaco el 2016). Sus poemas son ojo, mirada, espacios urbanos, contemplación, todo eso junto.


Después de varios meses de la publicación de Luminarias, hablamos con él sobre la contingencia, las pulsiones de su último libro y el trabajo visual de Carola Lagos que acompaña la presente edición.


¿Cómo te has sentido durante esta pandemia? ¿Qué has hecho y qué no has podido hacer debido a la cuarentena?


Básicamente, estar o sentirme en contradicción. He podido escribir de manera sostenida, a partir de rutinas autoimpuestas que me hacen pensar en la vida en monasterio. Pero en vez de ayuno, rezo, ayuno, cantos, hacer cerveza; leo, escribo, traduzco, hago ejercicio, bebo cerveza. Hay días y días y vivo un día a la vez, sé que es un lugar común del porte de un buque ballenero, pero es más o menos cierto. Extraño, como todos me imagino, rituales sociales colectivos: cines, tocatas, boxear en las plazas, circular libremente y exponerme en cualquier horario en la calle. He aprovechado la instancia para retomar pendientes y hacerme consciente de que siempre hay más pendientes.


Luminarias, como bien señala la contratapa, es un libro que devela una mirada más que la interioridad del hablante. Una constante de imágenes que está desde Viewmaster. ¿Cómo situarías esta última publicación en relación a tus otros libros?


Es la continuación de Viewmaster y El instante no es decisivo, son libros primos, hermanos, parte de una misma pulsión escritural que pretende disputarle en algo el régimen a la imagen. Es también un registro a pulso de hechos o situaciones que están ahí a disposición de quien las quiera ver. No hay más pretensiones que esa. Es también la culminación o cierre de esa fijación mientras escribo o me encargo de otras pulsiones escriturales que me ha tomado tiempo resolver y que me hacen pensar en la escritura como una condición más que una decisión con la que no siempre estoy de acuerdo.


Armar la trama, la historia de sus viajes y desencantos”. Es imposible no construir una narrativa en la cabeza al leer los poemas de Luminarias, un libro que sucede sobre todo en la ciudad. ¿Cómo cambió la Revuelta Social los espacios que aparecen en Luminarias?, ¿crees que se filtra algo de ese descontento en tus poemas?


Es efectivamente una narrativa o un relato, lo pensé como las últimas imágenes de un fotógrafo que se iba quedando ciego y le tocaba palpar la realidad de otra manera. Había un agotamiento de la imagen que, cognitivamente, era difícil de procesar. Eso me pasó con la revuelta, que me parece se ajusta más al espíritu caótico que “estallido”, que además fue un concepto puesto desde los medios, desde afuera. Había un cúmulo de información e imágenes que simplemente no podía procesar. A veces me era preciso dosificar o desconectarme de cualquier dispositivo para no pensar en ello todo el tiempo, el libro se ve necesariamente afectado por esto y se vuelve parte de esa trama. Luminarias tiene algo fantasmal, casi no hay presencia de ellas en el libro, no había luz en el centro a cierta hora, aún hay puntos de la ciudad que no lo tienen. Eso me permitió pensar en una ciudad escritural muy similar a la nuestra, pero no que lo es, es una versión posible, un recorrido por una ciudad que se levanta solo a partir de juegos de luces.


Cuéntanos un poco sobre el trabajo de collages de Caro Lagos y la elección de dos de sus obras para la edición del libro.


Invité a Caro Lagos porque, primero, me parece demasiado bueno su trabajo. Parto del pie inicial de la admiración. Luego, como una forma de abrirme a un diálogo interdisciplinar (que ya existe en términos temáticos), pero de forma material, que gráficamente la imagen adquiriese un espesor o densidad dentro del texto. Pero tampoco quería la imagen puesta ahí de manera limpia o transparente. Me gusta el trabajo de Caro por el montaje que hace, por la composición y la manera en que une retazos de realidad a partir de recortes. No usa tijeras sino las manos, superpone revistas, fotografías y crea un relato nuevo a partir de lo “real”, que es un proceso análogo o que dialoga un poco con lo que pretendía en Luminarias. Esos poemas, que son retazos de realidad, son una versión posible, a una hora determinada, una subjetividad más dentro del tejido, no dicen nada sobre la realidad en estricto rigor, no tiene pretensión documental, sino más bien poner de manifiesto el procedimiento de la imagen como una forma abierta.





47 vistas0 comentarios

Actualizado: 1 de nov de 2020



Como un flechazo: así se puede describir la relación de Gabriela Flores (Talagante, 1994) con el tenis. Licenciada en Literatura por la Universidad de Chile, entrenadora y jugadora de este mismo deporte, pero en su versión playa. Actualmente finaliza el Magíster en Estudios Latinoamericanos con una tesis que aborda la erotización de las deportistas en la prensa chilena y argentina del siglo XX.

Prontos al lanzamiento de su libro, le hicimos un par de preguntas sobre la contingencia, el deporte, sus intereses de investigación y el camino hasta llegar a Punto de quiebre.



¿Cómo te has sentido durante esta pandemia? ¿Qué has hecho y qué no has podido hacer debido a la cuarentena?


Creo que como a muchas personas, la pandemia me ha hecho pasar por buenos y malos momentos. No solo en términos económicos, sino a nivel emocional. Por un lado, en estos meses de encierro, pude retomar lecturas pendientes, avanzar en el proceso escritural de la tesis, ver varias películas y una que otra serie, pasar mucho más tiempo con mi papá. Lamentablemente soy muy de seguir trabajando siempre. No parar la máquina como se dice. Sin embargo, también pasé por una etapa más oscura y triste producto de la incertidumbre y la ansiedad. Asumir que dejarás de ver a tus círculos de amistad y de familia por un largo e indefinido tiempo fue lo más difícil y por otro lado, no pude evitar aislarme aún más en mi propio mundo. Hubo mucha pena, pero también aprendí a reencontrarme con ese lado más solitario que en algún minuto deseaba tener. Durante la cuarentena, leí mucho y supongo que me sirvió para mantener las ganas de seguir trabajando al día siguiente. Volví a ver televisión, mucho fútbol europeo y tenis obviamente. Realizar clases de tenis online, algo muy extraño que, con el paso de las semanas, se fue convirtiendo en nuestro ritual con los niños y niñas. Surgió la oportunidad de trabajar en una revista sobre tenis y también, una maravillosa iniciativa de trabajo con entrenadoras de tenis. Lo que no pude hacer es entrenar con cierta constancia por una cuestión motivacional y quizás priorizar la pega de computín. Recuerdo que había cierta intención de planificar algunos viajes para jugar torneos de tenis playa, todo suspendido hasta nuevo aviso. No pude viajar a Buenos Aires para seguir revisando material de análisis para la tesis. Todos los proyectos que tenía en mente para este año quedaron paralizados por la pandemia.

¿Cómo fue el camino de Punto de quiebre hasta convertirse en libro? ¿Nos podrías hablar un poco de eso?


El proceso escritural comenzó hace unos cinco años quizás, pero la idea venía de mucho antes. Recuerdo que una persona me dijo una vez que era imposible unir la literatura y el deporte. No podía existir una relación así. Quizás lo decía porque el deporte ha estado siempre presente en mi vida y no podía creer que, siendo tenista, había decidido estudiar Literatura. Entonces, esa idea rondaba en mi cabeza y de alguna manera traté de hacer el intento, demostrando que esa persona estaba muy equivocada. El libro partió con relatos muy similares a la crónica, pero que fueron girando hacia cuentos. Jamás estuvo la intención de confeccionar un libro. Creo que siempre fui reacia a contar que estaba escribiendo por un tema de timidez y porque no era algo constante. Trataba de hacerlo a partir de alguna idea previamente construida o de algún mapeo. Y me fui dando cuenta que estaba inserta en un mundo muy rico e interesante, donde pueden pasar muchas situaciones en muy poco tiempo. Cada vez que tenía una idea más o menos clara, escribía. Y de esa manera surgieron muchos relatos, algunos más extensos que otros, pero todos en el mismo escenario, porque el tenis es uno de los deportes que más conozco y siempre me he dedicado a observarlo muy detenidamente. Si bien no fui una tenista profesional y tampoco pude viajar fuera del país a competir, siempre tuve esa mirada curiosa en algunos espacios que pude acceder y en el entorno más familiar. Siguiendo con esta idea del proceso o del camino a, había logrado después de mucho tiempo escribir varios relatos y tenía ganas de compartir algunos escritos con amistades. En paralelo, comencé a participar de algunos talleres literarios enfocados en la escritura, para entender justamente mi proceso escritural, compartir opiniones y experiencias.


En relación a la temática de Punto de quiebre. ¿Cómo ves la presencia del deporte y el tenis en la literatura chilena?


Me gusta mucho tu pregunta porque de hace bastante tiempo que estoy tratando de buscar material en la literatura chilena. Desde que el libro empezó a tomar forma, en algún momento empecé a preguntarme si existía interés desde la escritura literaria por este tema. Una siempre encuentra biografías sobre grandes figuras deportivas. En el caso del tenis, a nivel internacional están las (auto)biografías de Rafael Nadal o de André Agassi; o bien, el de Maria Sharapova y de Jelena Dokic. En el caso chileno, puedes encontrar escritos provenientes desde el periodismo en relación a algunas figuras deportivas como Marcelo Ríos. Ahora bien, en la literatura chilena existen antecedentes sobre esta temática. No es muy frecuente hallarlos, pero están. En los años 20’ podemos encontrar los Primeros Juegos Florales Deportivos organizado por la Federación de Excursionistas de Chile, donde se recibieron himnos, cantos y versos alabando tanto la belleza del deporte como de la parte física de quienes practicaban. Este punto referencial es importante porque después encontré diversos autores que abordaron el deporte al interior de sus obras. Por ejemplo, el caso de Floridor Pérez quien realiza una antología, seleccionando poemas de autoras y autores, que se inspiran en distintos deportes y juegos. También están los autores Fernando Alegría y Poli Délano, que profundizaron en el mundo del boxeo y del fútbol. En general, los deportes más recurrentes son el fútbol, el boxeo y quizás hay algo más sobre el ajedrez. Respecto al tenis, solo he encontrado un libro escrito por Carlos Ossandón Guzmán titulado Diario de un tenista o las ansías de ser campeón que fue publicado casi a fines de los 50’, que contiene dibujos y también referencias históricas en torno al tenis chileno. Por una cuestión de tiempo no he podido leerlo, pero está en la lista de lecturas pendientes. Al igual que la novela de Roberto Castillo Sandoval “Muriendo por la dulce patría mía” que cuenta la historia del boxeador Arturo Godoy que en 1940 fracasó dos veces en el intento de coronarse campeón mundial de pesos pesados. Me interesa conocer esas historias sobre figuras deportivas que en algún momento fueron tratados como ídolos deportivos, porque atrás de esos logros está el proceso que involucra muchos elementos positivos y negativos. Un texto que sí he leído es la publicación de Pez Espiral sobre poesía chilena deportiva llamada Selección Nacional, que da cuenta de varias hazañas deportivas que ilustran un pasado donde la derrota es uno de los tópicos principales a partir de 11 poetas (incluida una mujer) quienes se hacen cargo desde la poesía. Por otro lado, la producción de este tipo de literatura ha sido encabezada por hombres, al menos en Chile, dejando a las mujeres invisibilizadas en algunos casos; puesto que son muy pocas las que han hecho referencia a esta temática. A propósito de autoras, en una feria de libros me encontré con el título argentino de Sucias de Caucho donde sus personajes son jugadoras de fútbol amateur y van narrando sus historias desde el mismo juego en cancha y cómo se enfrentan a las experiencias con el cuerpo al momento de jugar, entre otros temas. Entonces, creo que las mujeres podemos narrar desde la experiencia deportiva o hablar sobre deportes desde lo literario al igual que los hombres. Esperemos que salgan más voces de mujeres hablando sobre prácticas deportivas, con otros puntos de vista y generar discusiones y nuevas entradas al campo literario chileno.

En tus cuentos se puede apreciar un correlato deporte/vida, otorgándole cierta épica a las historias, pero nunca exagerando la nota. ¿Cómo enfrentar la vida desde el deporte? ¿La escritura se parece al deporte en ese sentido?


A propósito de tu primera pregunta, el otro día escuchando una charla sobre violencia de género en el deporte, una de las entrevistadas dijo que prácticamente la figura de deportista es tratada de una manera diferente por la sociedad, ¿no?, es decir, ser deportista significa ser otra persona probablemente siendo muy valorada, elogiada, etc. Pero se da ese tratamiento distinto desde la escuela. En mi caso, en el colegio los profesores y el curso sabían que yo jugaba tenis, entrenaba todos los días y además competía, sumando evidentemente las responsabilidades y deberes con el colegio. A lo que voy es que existe esa diferenciación y nos ponen en un sitial para bien o para mal. Siendo amateur o no. No sé si me explico. Ahora yo creo que el deporte contiene una serie de valores que te marcan para siempre. Entonces, sí o sí puedes ver mucho de eso reflejado en tu cotidianeidad. Pienso en la disciplina y en el perfeccionismo, por ejemplo. Dos cuestiones que me las potenció mucho el tenis y a veces, por circunstancias externas a una, tienes que enfrentar situaciones muy complejas que implican un choque emocional muy fuerte, que tal vez, una persona no deportista no hubiese podido "superar" tan prontamente. En ese sentido, yo le agradezco mucho al tenis porque he podido sobrellevar algunos hechos puntuales dolorosos a nivel personal. Pensando en lo que viene, que hay que seguir jugando o luchando en este caso. En relación a la segunda pregunta, me cuesta pensarlo, pero creo que hay similitudes. Al igual que la escritura, donde hay varios procesos, silencios, continuidades, rupturas, revisiones, etc. Ocurre que, en el deporte, en niveles distintos, estás todo el rato viviendo un proceso; sobre todo cuando te estás formando en un deporte. Mi entrenador siempre ha conceptualizado el tenis como un camino que contiene un proceso largo, con altos y bajos, pero dependiendo de tus ganas, puede acabar de manera exitosa. Al final todo depende de una. De tus capacidades para adaptarte, el apoyo, las ganas. Considero que ambos son procesos que tienen sus ritmos y sus dificultades, pero lo interesante es que en los dos tienes que absorber todo lo que puedas y seleccionar las mejores herramientas o ideas para pulirlas, trabajarlas y que el producto o el resultado final sea lo que te habías propuesto. En eso sí que se parecen ambos.


Has investigado sobre la historia del deporte femenino latinoamericano. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Qué descubriste? ¿Pudiste rescatar algo de cara a la escritura de tu libro?


Estoy finalizando mi magister en Estudios Latinoamericanos y descubrí en uno de los cursos iniciales que era posible trabajar en términos investigativos la temática deportiva. Entonces decidí abordar este tema en base a dos puntos que me interesaban: figuras femeninas y las revistas deportivas. A mi juicio, ambos elementos son interesantes porque hay una fuerte imagen de la mujer deportista como un objeto provocativo hacia el público masculino, pensando justamente que las revistas deportivas tienen un consumidor masculino principalmente. Al menos en los casos chileno y argentino, podemos hallar eso. Las figuras deportivas escogidas para llevar a cabo esta investigación son Anita Lizana -tenista chilena- y Jeanette Campbell -nadadora argentina-. Ambas referentas fueron muy potentes en su época dorada y su reconocimiento no era solo por logros deportivos, sino que también por una cuestión física, sus cuerpos eran el foco principal de portadas y menciones en la prensa. En ese sentido, ha sido muy entretenido descubrir que existen estudios sobre deporte desde diversas perspectivas históricas, sociológicas, periodísticas, estéticas, etc. También lo pienso no solo desde lo académico, sino que, a nivel personal, porque me considero deportista aún, estoy inmersa en el mundo del tenis todavía y es muy enriquecedor pensar que no solo estás aportando en cancha, sino que también se puede hacer desde el papel mismo. Debido al contexto sanitario, la tesis de alguna manera ha ido girando hacia otros caminos, pero bajo el mismo hilo conductor. El trabajo en sí ha sido más complejo, pero muy enriquecedor porque he ido comprendiendo lo significativo que es conocer la historia del deporte femenino, sobre todo en países latinoamericanos. Por estos días, se está jugando Roland Garros y tuvimos presente a dos jugadoras latinoamericanas en el cuadro principal del torneo: Renata Zarazúa (México) y Nadia Podoroska (Argentina) y esta última logró alcanzar las semifinales; me preguntó ¿por qué no las conocemos? Nos queda mucho por hacer para visibilizar el trabajo que han realizado varias jugadoras latinoamericanas en diversas disciplinas deportivas, porque es fundamental que las chicas de generaciones menores sepan que ellas estuvieron o están ahí, entrenando y compitiendo para cumplir metas, sueños y proyectos. En cuanto al libro, creo que se conecta muy bien con la necesidad de poner en escena una o más voces femeninas, la mayoría de los personajes son mujeres y eso le da mucho más sentido a esta batalla por la visibilización y qué mejor que la o las narradoras relaten desde una experiencia deportiva más íntima y a la vez, revelando todo lo que pasa detrás de un partido, o en los entrenamientos; los vínculos que se van generando, qué se siente cuando se entra a una cancha; en fin. Rescatar esos momentos y no dejarlos en el olvido fue lo que más valoré en el proceso escritural y cuando estaba realizando la investigación de la vida de las deportistas mencionadas.


177 vistas0 comentarios
1
2